sábado, 17 de diciembre de 2016

Los olvidados

¿Que hace que nuestro paso por esta tierra sea recordado? ¿Necesitamos ser ilustres personalidades? ¿Es necesario un acto de bravura que nos convierta en un ser ejemplar que generaciones posteriores trataran de imitar sin descanso? ¿Necesitamos ser millonarios y comprar así eternalmente nuestro recuerdo con actos que poco tienen de desinteresados? Y si no somos nada de eso, ¿que hace que seamos recordados entre nuestros seres queridos? ¿Somos recordados porque hemos sido buenos padres, buenos hijos, buenos esposos...? y aunque así sea, un día, cuando miles de otoños hayan caído sobre nuestras grises piedras tumbales, no quedará de nosotros más que una foto borrosa y una inscripción rota. 

El olvido no debería existir; hayamos llevado una existencia impecable u odiosa. Porque en ambos casos, las personas desaparecidas marcaran las vidas, los actos y el destino de alguien, para bien o para mal. Y si no conocemos nuestros origines, ¿cómo podemos pretender guiar nuestros actos? ¿Cómo esperamos que nuestro paso por la tierra tenga sentido? Porque cada uno de nosotros debería darle sentido a la vida de alguien.

No sé  porque me paré sobre aquella tumba ayer, eran tantos los olvidados enterrados a la sombra de los cipreses... Al fondo del cementerio, justo detrás del monumento a los caídos de la guerra del 14-18, y camufladas por grandes e impecables tumbas, estaban todas aquellas sepulturas que ya nadie visita. Ninguna flor fresca reposaba sobre ellas más bien un manto enorme de hojas secas las hacia desaparecer aún más bajo tierra. Algunas de ellas simplemente habían envejecido con el tiempo, pero conservaban su majestuosidad con sus antiguas cruces talladas en madera y un cristo cuya expresión parecía sumarse a la tristeza de aquellos que, a tres metros bajo el suelo, se preguntan seguramente aun hoy, donde están los suyos. Otras, las más desafortunadas, mostraban sus lápidas o sus pequeños y bajos muretes de piedra rotos y hundidos en la tierra como si esta fuera a tragárselos definitivamente, como si en el fondo aquellos que allí reposaban lo estuvieran deseando, cansados de vivir solos en esa eternidad sin fin. Una manera de desaparecer definitivamente.

La sepultura de François Collinet apenas era visible. Tan solo una inscripción grabada sobre un corazón de piedra roto. Al principio creí que era mi ojo fotográfico el que se interesaba por aquel órgano vital en piedra pero el subconsciente es sabio: mi propio corazón estaba roto y me acerque para apoyarlo debidamente sobre el árbol que coronaba la tumba. Coloqué estéticamente esa rama que impedía leer la historia de aquel que abandonó este mundo a los 45 años. Bajo la piscina de hojas secas distinguí un trozo de cerámica. Creí que formaba parte de la inscripción rota y el desenterrarlo descubrí el rostro de un joven militar. El único vestigio de su recuerdo se hallaba también enterrado como su cuerpo. Enterrado en la superficie bajo ese manto marrón de hojas muertas que cada año se hacía más espeso. A nadie le importaba ya ese rostro, esa vida, esa historia. La historia de un joven militar muerto demasiado joven a la mirada dulce y el rostro atractivo. No sé porque su tumba no se hallaba junto a aquellas que lucían impecables con la bandera belga, pertenecientes a los muertos de la Gran Guerra. Quizás porque la guerra no fue la causa de su muerte, quizás porque alguien decidió que sus méritos no eran necesarios para ocupar ese espacio privilegiado. Ahora me doy cuenta de que ni siquiera leí la inscripción completa en aquel corazón. Solo coloque la foto a su lado, realicé los reglajes de mi cámara e inmortalicé aquel metro cuadrado de tierra bajo el cual quizás Monsieur  Collinet sonreía después de muchos años. Después, me aleje con el paso acelerado.

Huía del olvido. Huía de un corazón roto, el mío, cuya diferencia era que yo tenía aun los pies en un mundo que me pesa. Huía del miedo al olvido y sobretodo huía del abandono. Una toma de consciencia brutal frente a una tumba olvidada: no necesitamos morir para que nos olviden ni nos abandonen. No importa lo que hagamos ni lo que nos esforcemos. La gente olvida pronto. Las personas permanecen a tu lado mientras una sonrisa permanente atraviesa tu rostro y se alejan cuando las lágrimas lo invaden, cuando la enfermedad te incapacita, cuando tus propios sufrimientos te impiden dar todo lo que dabas por ellos. Somos los olvidados, vivos o muertos.

Pronto regresaré a ese cementerio, no solo porque mientras  la gran mayoría se siente aterrorizada, yo encuentro en esos lugares un silencio y una paz que devuelven por unos instantes la calma a mi alma siempre atormentada. Volveré porque tengo una tumba que limpiar, cuidar y reparar. Quizás parezca una locura, quizás un día la historia de Monsieur Collinet me decepcione, pero los “quizás" no son buenos.  Porque quizás un día yo seré la triste habitante de una sepultara abandonada porque nadie quiso recordar mi historia. Porque llevé mi vida inmersa en mi propia soledad, un poco como ya pasa ahora, alejando de mi a todos aquellos que un día quisieron recordarme.

Aunque bien pensado, quizás nací únicamente para escribir las historias de los otros y convertirme, simplemente, en una más de los olvidados...