lunes, 9 de mayo de 2016

Metáfora climática

Me encantan las tormentas de verano. Esas tormentas que desatan su furia tras dias de extremo calor. El cielo se carga de gris al tiempo que el viento balancea con fuerza los cipreses del fondo del jardín. Los truenos se escuchan a lo lejos y se acercan amenazadores mientras juego a contar los segundos entre éstos y la llegada del relámpago. Cuando el intervalo es de dos segundos la tormenta descarga un aguacero e ilumina el cielo con impresionantes rayos que bañan intermitentemente el interior del salón.

Una tormenta de verano es como la solitaria adolescente gótica del colegio. No gusta a casi nadie, produce un irracional temor y solo unos pocos son capaces de ver cuanta luz puede haber en la oscuridad y cuanta profundidad encierran. Las sombras nos aterran. Tanto, que somos incapaces de comprender que no solo el sol puede brillar.

Una tormenta de verano sabe a té humeante en un tazon de barro cocido, a leche caliente con miel y a crêpes con chocolate fundido. Huele a tierra mojada, a hierba fresca y a naturaleza viva. Suena como el agua resbalando sobre el tejado, a melodia clásica en un disco de vinilo y a diálogo de una película nostálgica. Una tormenta de verano es un tronco chispeando cálidamente dentro de una chimenea, un libro de Dickens sobre un cómodo sofá y una manta sobre los hombros. Es un momento de reflexión,  de nostalgias olvidadas y recuerdos borrados.

Nuestra forma de percibir la oscuridad no cambiará.  Seguiremos temiendo a esa chica gótica sentada en soledad en el patio del colegio. No podemos cambiar la manera en que la naturaleza ha hecho las cosas y  a las personas. Pero si solo por un instante, olvidamos el miedo a sentir, y nos abrimos a las sensaciones, quizás podamos ver el verdadero interior de todo aquello que nos parece tan oscuro.

domingo, 8 de mayo de 2016

Ventanas

Hay ventanas para mirar afuera y las hay para mirar hacia dentro. Hay ventanas que simplemente abrimos y nos asomamos a ellas para contemplar un mundo exterior a veces abrumador. A través de ellas, vemos el paisaje con sus gentes desplazándose frenéticamente, a lo largo de una vida que cada vez deja menos tiempo para la instrospección. 

Hay ventanas en cambio que nos muestran lo mas intrínseco de nuestra alma. Son nuestros ojos. Los ojos muestran nuestro yo más profundo, a través de ellos el engaño no es posible. Podemos ver frialdad en una persona que nos ofrece cordialmente la mano, sarcasmo en una persona que sonrie dulcemente o odio en aquel compañero que nos felicita alegremente por nuestro ascenso. Pueden mostrarnos la tristeza en la persona más alegre, la cobardía en aquel que aparenta un enorme coraje o la soledad en la persona más acompañada. 

Los ojos no mienten. Son nuestras ventanas hacia el interior. Aquellas ventanas que, por más que intentemos cerrarlas, permanecen abiertas. Listas para mostrar lo mejor de nosotros...y lo peor.