¿Que hace que nuestro
paso por esta tierra sea recordado? ¿Necesitamos ser ilustres personalidades? ¿Es
necesario un acto de bravura que nos convierta en un ser ejemplar que
generaciones posteriores trataran de imitar sin descanso? ¿Necesitamos ser
millonarios y comprar así eternalmente nuestro recuerdo con actos que poco
tienen de desinteresados? Y si no somos nada de eso, ¿que hace que seamos
recordados entre nuestros seres queridos? ¿Somos recordados porque hemos sido
buenos padres, buenos hijos, buenos esposos...? y aunque así sea, un día,
cuando miles de otoños hayan caído sobre nuestras grises piedras tumbales, no
quedará de nosotros más que una foto borrosa y una inscripción rota.
El olvido no debería
existir; hayamos llevado una existencia impecable u odiosa. Porque en ambos
casos, las personas desaparecidas marcaran las vidas, los actos y el destino de alguien, para bien o para mal. Y si no conocemos nuestros origines, ¿cómo podemos pretender guiar
nuestros actos? ¿Cómo esperamos que nuestro paso por la tierra tenga sentido?
Porque cada uno de nosotros debería darle sentido a la vida de alguien.
No sé porque me
paré sobre aquella tumba ayer, eran tantos los olvidados enterrados a la sombra
de los cipreses... Al fondo del cementerio, justo detrás del monumento a los caídos
de la guerra del 14-18, y camufladas por grandes e impecables tumbas, estaban
todas aquellas sepulturas que ya nadie visita. Ninguna flor fresca reposaba
sobre ellas más bien un manto enorme de hojas secas las hacia desaparecer aún
más bajo tierra. Algunas de ellas simplemente habían envejecido con el tiempo, pero conservaban su majestuosidad con sus antiguas cruces talladas en madera y
un cristo cuya expresión parecía sumarse a la tristeza de aquellos que, a tres
metros bajo el suelo, se preguntan seguramente aun hoy, donde están los suyos.
Otras, las más desafortunadas, mostraban sus lápidas o sus pequeños y bajos muretes
de piedra rotos y hundidos en la tierra como si esta fuera a tragárselos definitivamente, como si en el fondo aquellos que allí reposaban lo estuvieran deseando,
cansados de vivir solos en esa eternidad sin fin. Una manera de
desaparecer definitivamente.
La sepultura de François
Collinet apenas era visible. Tan solo una inscripción grabada sobre un corazón
de piedra roto. Al principio creí que era mi ojo fotográfico el que se
interesaba por aquel órgano vital en piedra pero el subconsciente es sabio: mi
propio corazón estaba roto y me acerque para apoyarlo debidamente sobre el árbol
que coronaba la tumba. Coloqué estéticamente
esa rama que impedía leer la historia de aquel que abandonó este mundo a los 45
años. Bajo la piscina de hojas secas distinguí un trozo de cerámica. Creí que
formaba parte de la inscripción rota y el desenterrarlo descubrí el rostro de
un joven militar. El único vestigio de su recuerdo se hallaba también enterrado
como su cuerpo. Enterrado en la superficie bajo ese manto marrón de hojas
muertas que cada año se hacía más espeso. A nadie le importaba ya ese rostro,
esa vida, esa historia. La historia de un joven militar muerto demasiado joven
a la mirada dulce y el rostro atractivo. No sé porque su tumba no se hallaba
junto a aquellas que lucían impecables con la bandera belga, pertenecientes a
los muertos de la Gran Guerra. Quizás porque la guerra no fue la causa de su
muerte, quizás porque alguien decidió que sus méritos no eran necesarios para
ocupar ese espacio privilegiado. Ahora me doy cuenta de que ni siquiera leí la inscripción
completa en aquel corazón. Solo coloque la foto a su lado, realicé los reglajes
de mi cámara e inmortalicé aquel metro cuadrado de tierra bajo el cual quizás Monsieur
Collinet sonreía después de muchos años.
Después, me aleje con el paso acelerado.
Huía del olvido. Huía
de un corazón roto, el mío, cuya diferencia era que yo tenía aun los pies en un
mundo que me pesa. Huía del miedo al olvido y sobretodo huía del abandono. Una
toma de consciencia brutal frente a una tumba olvidada: no necesitamos morir
para que nos olviden ni nos abandonen. No importa lo que hagamos ni lo que nos
esforcemos. La gente olvida pronto. Las personas permanecen a tu lado mientras
una sonrisa permanente atraviesa tu rostro y se alejan cuando las lágrimas lo
invaden, cuando la enfermedad te incapacita, cuando tus propios sufrimientos te
impiden dar todo lo que dabas por ellos. Somos los olvidados, vivos o muertos.
Pronto regresaré a ese
cementerio, no solo porque mientras la
gran mayoría se siente aterrorizada, yo encuentro en esos lugares un silencio y
una paz que devuelven por unos instantes la calma a mi alma siempre atormentada.
Volveré porque tengo una tumba que limpiar, cuidar y reparar. Quizás parezca
una locura, quizás un día la historia de Monsieur Collinet me decepcione, pero
los “quizás" no son buenos. Porque quizás
un día yo seré la triste habitante de una sepultara abandonada porque nadie
quiso recordar mi historia. Porque llevé mi vida inmersa en mi propia soledad,
un poco como ya pasa ahora, alejando de mi a todos aquellos que un día quisieron
recordarme.
Aunque bien pensado, quizás
nací únicamente para escribir las historias de los otros y convertirme,
simplemente, en una más de los olvidados...



