Me encantan las tormentas de verano. Esas tormentas que desatan su furia tras dias de extremo calor. El cielo se carga de gris al tiempo que el viento balancea con fuerza los cipreses del fondo del jardín. Los truenos se escuchan a lo lejos y se acercan amenazadores mientras juego a contar los segundos entre éstos y la llegada del relámpago. Cuando el intervalo es de dos segundos la tormenta descarga un aguacero e ilumina el cielo con impresionantes rayos que bañan intermitentemente el interior del salón.
Una tormenta de verano es como la solitaria adolescente gótica del colegio. No gusta a casi nadie, produce un irracional temor y solo unos pocos son capaces de ver cuanta luz puede haber en la oscuridad y cuanta profundidad encierran. Las sombras nos aterran. Tanto, que somos incapaces de comprender que no solo el sol puede brillar.
Una tormenta de verano sabe a té humeante en un tazon de barro cocido, a leche caliente con miel y a crêpes con chocolate fundido. Huele a tierra mojada, a hierba fresca y a naturaleza viva. Suena como el agua resbalando sobre el tejado, a melodia clásica en un disco de vinilo y a diálogo de una película nostálgica. Una tormenta de verano es un tronco chispeando cálidamente dentro de una chimenea, un libro de Dickens sobre un cómodo sofá y una manta sobre los hombros. Es un momento de reflexión, de nostalgias olvidadas y recuerdos borrados.
Nuestra forma de percibir la oscuridad no cambiará. Seguiremos temiendo a esa chica gótica sentada en soledad en el patio del colegio. No podemos cambiar la manera en que la naturaleza ha hecho las cosas y a las personas. Pero si solo por un instante, olvidamos el miedo a sentir, y nos abrimos a las sensaciones, quizás podamos ver el verdadero interior de todo aquello que nos parece tan oscuro.
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