Sillas
plegables, toallas de diferentes diseños y sombrillas que vieron la luz en los
años sesenta. A unos metros, sobre el agua, se funden los colores de
colchonetas, flotadores y barcas. El aire huele a salitre y a crema solar. Ya
no se ven aquellas mesas plegables con patas de aluminio y sus bases verde
oliva pero por toda la playa se distinguen cestas llenas de tuperwares y
neveras de Coca-Cola.
Pareos,
chanclas, cubos, palas, rastrillos, sombreros...la cultura de la playa que nos devuelve
a una época que nos negamos a dejar partir.
En
el cielo las avionetas anuncian sus "I love" y sobre la arena algunos
intelectuales irremediables como yo, se dejan llevar por la magia de un libro.
Es
tiempo de reposo, de pasado, de costumbres...No es difícil, en este ambiente
imperecedero, olvidarse de las tecnologías, del avance irremediable del mundo.
En
este pequeña playa, aunque increíble, los teléfonos móviles o los IPAD son casi
inexistentes o quedan relegados al fondo de un bolso de mano.
Hace
un rato que escudriño la gente que me rodea en busca de algún signo de
modernidad y nada aparece. No hay melodías de llamada, ni notificaciones. Solo
el ruido de las olas rompiendo y de la suave brisa. Solo risas de niños y
conversaciones triviales: la barbacoa de la tarde, la visita al circo…
Resulta
maravilloso que por el tiempo que duran unas vacaciones nos aferremos de nuevo
a los pequeños placeres, a las cosas sencillas de toda la vida.
De
vez en cuando, mecánicamente, envío una foto por WhatsApp o un pequeño mensaje a través de Messenger. Casi al momento de
hacerlo me invade una sensación de tiempo malgastado. Desactivo los datos móviles
y me pierdo de nuevo en la lectura de Marguerite Duras. Sin lector electrónico.
Solo con el libro en mis manos, con sus páginas amarillas y su olor a papel
envejecido por la humedad.
Sería estúpido no avanzar con los tiempos pero, en
estos momentos de desconexión, me siento un poco Jane Austen y me gustaría perderme
en un mundo de luces de vela y tinta de pluma. Perderme en esa época donde los
recursos eran mínimos y la tecnología inexistente. Donde una carta tardaba un
mes en llegar. Donde para huir del frio encendían un fuego y para soportar el calor
se bañaban en ríos de agua pura aun no contaminados. Esa época donde nuestros
sentimientos no se hallaban bloqueados por la televisión, los ordenadores o las
tablets; sino liberados de tal manera que los colores, los sonidos y las emociones
nos llegaba al alma de una manera dolorosamente real. Un mundo sin artificios,
sin inteligencia artificial, sin el tacto frio de un aparato electrónico de última
generación.
En estos días, solo por el tiempo de unas vacaciones,
el reloj gira en sentido inverso. En estos días, solo por el tiempo de unas
vacaciones, me refugio en mi pequeño mundo de velas y tinta.
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