viernes, 3 de junio de 2016

Lo que el tiempo se llevó... (Para mi tete)

El pasado nos persigue sin descanso durante una buena parte de nuestra vida. Durante años escuchamos que el pasado es la base de nuestra experiencia, que todo aquello que hemos aprendido durante nuestro ciclo vital nos servirá en nuestro presente y en un futuro que cada vez parece más incierto. Creemos que lo que fue nos dará respuestas a todo y que nos ha convertido en lo que somos gracias a un bagaje excepcional que es solo nuestro. Si, el pasado nos ha convertido en lo que somos, pero una mala interpretación de éste, nos ha convertido, quizás, en lo que no deberíamos ser o en lo que no queremos ser.

Cuesta años darse cuenta que nuestros comportamientos anteriores, marcados muchas veces por el sufrimiento, nos han hecho escoger  el camino equivocado, llevándonos a creer que lo bueno  es lo políticamente correcto, y que si salimos de estas pautas seremos malas personas. Actuamos como debe ser  y adoptamos el comportamiento pautado de los demás como la única opción para avanzar. En un mundo donde las emociones propias son tan intrínsecamente complicadas nos impedimos hacer un análisis más profundo, dejándonos así llevar por la corriente y olvidando quienes somos realmente, cual es nuestra verdadera naturaleza.

Si nos piden algo, nunca decimos que no la mayor parte de veces. Creemos que aceptar ayudar a los demás, escucharlos y estar de acuerdo con ellos, es el camino correcto que nos convierte en mejores personas y, después de todo, cada uno de nosotros desea convertirse en  mejor persona. Si nos hieren, muchas veces callamos, a veces callamos toda una vida. Nos decimos que no es tan grave, que quizás estamos equivocados. Nos aferramos a tópicos como « al fin y al cabo es mi familia » o « es mi amigo del alma, seguramente no fue su intención herirme ». Y nos aplicamos esas frases de auto consolación mientras poco a poco matamos nuestro verdadero yo. Pero no matamos solo eso. Matamos nuestra fe en la gente, en la vida, nuestra alegría, nuestra tranquilidad, nuestro bienestar… hasta nuestra alma.

Seguimos mirando al pasado como fuente de inspiración durante mucho tiempo hasta que un día nos damos cuenta que quizás, lo que nos ha enseñado, no contiene verdades tan rotundas. Nos damos cuenta que ni las alegrías del pasado, ni sus tristezas,  contienen todas las claves de nuestra existencia o simplemente que hemos interpretado mal las lecciones. Si hubiéramos dicho « no » aquella vez que dudamos  ante un « si » que nos pesaba, nos hubiéramos dado cuenta que era más sabio aprender que no podemos estar eternamente disponibles para todos y que ese « no », no nos convertía en peores personas. Hubiéramos estado disponibles para decirnos « si » a nosotros mismos, para llevar a cabo esa tarea que posponíamos para el placer del otro y hubiéramos aprendido a sentirnos menos culpables por haber rechazado.

Es fácil camuflarse en otros tiempos para justificar esa persona en que nos hemos convertido. Es fácil echar la culpa a aquellos hechos lejanos para decirnos que la vida y sus sufrimientos nos han convertido en lo que somos. En realidad son nuestras decisiones frente a esos hechos las que no han convertido en lo que somos. El pasado no es el responsable de lo que hemos devenido, lo son nuestras resoluciones de antaño. El pasado solo hay que mirarlo para encontrar los momentos en que equivocamos nuestro camino y nos olvidamos a nosotros mismos. No es un libro de sabiduría universal, es una etapa en que la fuerza de nuestro interior  debe revelarse con más ahinco pero no perder lo mejor de nosotros mismos: nuestra verdadera esencia. El pasado no es una experiencia para el futuro, es un presente en sí mismo, el presente de ese momento preciso que vivimos; el presente de nuestro aprendizaje, y en el instante preciso en que hemos decidido debemos soltar lastre y olvidar que existió.

El pasado no es hace treinta años. Ni ayer. Para mi el pasado sera dentro de unos minutos cuando deje de escribir. Reflexionaré sobre todo lo que he plasmado en este texto, buscaré mi lección, me aseguraré que he tomado una nueva decisión que me acerca realmente a la persona que soy en realidad, y  cuando cierre mi ordenador portátil, volveré a mi presente y solo existirá ese momento.

No se trata de pensar en el pasado como algo lejano lejano, sino como algo efímero. Se trata de comprender que éste, es el momento anterior de nuestro presente, los segundos previos, o, si lo prefereis, los minutos previos, y luego… dejarlo ir. Las decisiones, las emociones, las penas, las dudas…no deberían existir más lejos del día de hoy. Evitaríamos así de cargar nuestra mochila con recuerdos dañinos  y arrepentimientos eternos. Seriamos esas personas que queremos ser, que debiéramos ser, esas personas que viven de acuerdo con sus consciencias y sus valores, que dejan de tener remordimientos por aquello que hicieron hace veinte años y comprenderíamos que las auténticas lecciones las aprendemos cuando comprendemos que lo verdaderamente importante es el día de hoy.

2 comentarios: